… y comieron perdices

Nuestros ideales románticos colectivos vienen marcados en gran parte por los cuentos de hadas.

La paradoja es que su ‘final feliz’ es el inicio de la verdadera relación de pareja. Así que es un ideal romántico que no tiene nada que ver con la convivencia ni con el día a día.

Lo que relatan es la etapa de enamoramiento y cortejo sin entrar en detalles posteriores. Pero una vez atravesamos la puerta nupcial, las relaciones no se parecen en nada a esos cuentos infantiles.

Porque las relaciones de pareja revelan todos nuestros defectos, traumas y conflictos personales EN TIEMPO REAL y por eso nos cuesta relacionarnos de manera saludable y a largo plazo.

O esto es lo que revelan las estadísticas: en España hay una tasa de divorcio que supera el 50% de las parejas que se casan. Cifra similar en todo el mundo.

En su libro “El Arte de Amar”, al psicólogo social Eric Fromm le causaba perplejidad que las personas se lanzaran ingenua y optimistamente al matrimonio aun sabiendo que la mitad (o más) de enlaces acaban en separación. 

La pregunta que surge es: ¿Por qué se separan dos personas que previamente se habían jurado amor eterno?

La primera respuesta tiene que ver con nuestra esperanza innata: pensamos que somos especiales y que las estadísticas no van con nosotros.

Cuando alguien declara amor eterno, lo cree con todo su Ser…de ese preciso momento.

Pero resulta que las personas cambiamos y evolucionamos a lo largo de nuestro ciclo vital. Y a veces los caminos de dos personas se van alejando de lo que eran en el momento de hacer sus votos, hasta no coincidir en nada.

Debemos asumir que es parte de nuestra naturaleza humana.

Aun así, creo que muchas separaciones pueden evitarse con unas expectativas más realistas de lo que es una relación íntima y con mejores herramientas para la convivencia.

De Príncipes y Princesas

Antiguamente el matrimonio servía para la procreación y crianza de los hijos, que luego ayudaban en las tareas del hogar y la faena diaria. 

Y también como medio para unir familias que así incrementaban su patrimonio y su influencia en la comunidad.

Era algo práctico y funcional, con roles y expectativas bien definidos y todas las partes sabían a lo que atenerse.

El Romanticismo en siglo XIX rompe en parte con esa concepción, hasta llegar a hoy en día en que las relaciones de pareja se parecen a un robot de cocina con todas las funciones y necesidades que tienen que cubrir.

Esperamos que la otra persona sea nuestro Príncipe/Princesa, mejor amigo, amante, confidente, compañero de aventuras, que nos haga de cheerleader, de psicólogo, de… 

El filósofo Alain de Botton dice que te casarás con la persona equivocada (¡y tu pareja también!), porque nadie llega a la altura de esas expectativas (inalcanzables) que imponemos a nuestra pareja ideal.

Sucede además que la convivencia puede ser fuente de roces y revela nuestros conflictos internos, que la otra persona desencadena sin ser consciente de ello.

Una amiga que ya ha celebrado los 50 años de casados con su marido me comentaba que consideraba que su relación estaba en el 10% superior de parejas bien avenidas, pero que aun así “¡había días en que lo mataría!” (*metafóricamente hablando, que este es un tema sensible).

Pero eso no quiere decir que debamos renunciar a las relaciones de pareja ni al matrimonio. 

Niños de 3 años 

Dice la broma que el denominador común de todas las relaciones que no te han funcionado eres tú.

Lo que contiene una gran verdad. 

Porque buscamos que otras personas cubran necesidades que son internas y solo nosotros podemos satisfacer.

En la infancia creamos narrativas míticas y llenas de fantasía para intentar darle sentido a un mundo que aún no comprendemos. Y esa construcción inconsciente suele acompañarnos en nuestra edad adulta. 

Así, bajo la apariencia física de adultos seguimos teniendo un montón de cualidades infantiles que pueden llegar a ser causa de roces y conflictos en nuestras interacciones personales.

Por eso Alain de Bottom sugiere que nos iría mejor en nuestras relaciones personales si consideramos a la otra persona/pareja como un niño de tres años. No para tratarla de forma infantil, sino para ser más comprensivos con ella.

De esta manera, cuando estés a punto de estallar por alguna contestación o comportamiento irritante que percibes en la otra persona, toma un poco de distancia y piensa en cómo sería tu reacción si estuvieses interactuando con un niño.

Desde esta perspectiva, tus relaciones son una práctica de crecimiento personal DIARIO (y también un entrenamiento espiritual).

BONUS

– ¡No te olvides de que TÚ también eres un niño de tres años con el que la otra persona/pareja tiene que relacionarse!

*Susanne Jutzeler

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